Monday, December 31, 2012

Monday, December 24, 2012

Un punto de vista andante

Anota nombres de calles, describe en pequeños retazos esa vida que aparece ante sus ojos. Sus ciudades son, por supuesto, estados de ánimo. Una vida sostenida en la emoción. Es un 'perro callejero' curioso, sensible, también con esa inocencia escrutadora del niño.
La lectura de un amigo: El perseverante deseo de ser piel roja.

Monday, December 17, 2012

La demasiada facilidad

"Se muere con demasiada facilidad. Morir debería ser mucho más difícil" (Elias Canetti, El libro de los muertos).
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Un minuto de silencio en el estadio. Todo el mundo de pie. La melodía emotiva. Ochenta mil nudos en las ochenta mil gargantas. Unidos en la tragedia. Cada uno piensa en sus muertos.
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La ausencia es una presencia permanente. Los cuerpos vivos se desplazan, se mueven, vienen y van, se ocultan a nuestra vista. Tan pronto se muestran como desaparecen. En cambio, los muertos van con uno a todos lados, nos acompañan en todo momento, nunca desaparecen. La ausencia está siempre presente. Su lugar es la memoria.   
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La matanza de Newtown: la insultante rapidez, la demasiada facilidad.
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"Fue como si en aquellos últimos minutos resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes" (Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén).

Monday, December 10, 2012

Buñuel en blanco y negro

Una monja cayendo al vacío por el hueco de un ascensor. Un leproso que baila el Mesías de Händel disfrazado de novia. Una niña arrastrando una sábana blanca por la calle vacía de un pueblo mejicano. Un maniquí deshaciéndose en un horno. Una mano cortada deslizándose por la alfombra. El guardabosques que dispara a su hijo porque le ha tirado un cigarrillo al suelo. La vieja pregonera de la muerte agitando una campanilla por la noche. La kilométrica monda de manzana que pela una mujer subida a una columna. Hormigas surgiendo de la palma de una mano. El marido celoso que mete una aguja por el ojo de la cerradura para cegar al supuesto mirón. La mujer con el dedo vendado de tanto masturbarse. Un grupo de amigos cenando en el escenario de un teatro. En mitad del desierto, una colegiala que juega al aro se convierte en una anciana desnuda de carnes colgadizas. A través de las ventanas de un autobús, bajo la lluvia, una pareja se abraza en lo alto de un desfiladero. La cabeza reducida de un indígena en la orilla de la playa. La mano sin dedos que acaricia un rostro. Un abeto incendiado cayendo por la ventana, seguido de un arzobispo, un caballete, una jirafa... Etcétera. 
Si el siglo XX fue, como dicen los semiólogos, el Siglo de la Imagen, Buñuel debería figurar como uno de los creadores de imágenes más fascinantes y geniales que han existido. Pocos como él han conseguido hacer del cine un instrumento de poesía tan poderoso, hipnótico e impactante. En una conferencia que impartió en 1958 en la Universidad de México -titulada, precisamente, “El cine, instrumento de poesía”-, Buñuel dijo: “El cine es un arma maravillosa y peligrosa si la maneja un espíritu libre. Es el mejor instrumento para expresar el mundo de los sueños, de las emociones, del instinto… El cine parece haberse inventado para expresar la vida subconsciente, que tan profundamente penetra por sus raíces”. La imagen inaugural (y más famosa) de su filmografía provenía, cómo no, de un sueño: una cuchilla de afeitar rasgando el globo de un ojo. 



Friday, December 07, 2012

Rien que les heures (1926)



Un día en la vida de París. Al igual que haría un año después Walter Ruttmann en Berlín, Alberto Cavalcanti (1897-1982) quiso resumir las 24 horas de una ciudad en un cortometraje de 45 minutos.

Friday, November 23, 2012

Día de perros

Hace frío, sopla el viento, corre la niebla baja, amenaza lluvia. Tanto tiempo sin escribir, sin actualizar, sin postear; tanto trabajo absorbente, alienante. A veces venían las ideas (desde luego muchas citas y enlaces, que no requieren esfuerzo), pero al final se iban como venían, flotando por el aire, sin dejar huella. Ya nadie las recuerda. No había fuerzas, ni ganas, ni voluntad. Quizá el blog, como la escritura, sea sobre todo una costumbre, un hábito. También, en cierto modo, un estado de ánimo. En fin, haremos un esfuerzo para encontrar el hueco, la tregua, en medio de la barojiana (pseudonietzscheana, pseudodarwiniana) lucha por la vida.
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Todo apunta a que el perro Risitas (también llamado Patán o Pulgoso) tenía asma alérgica.
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Esa evidencia que los científicos no podrán explicar nunca: por qué los perros se parecen a sus dueños.
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La mayoría de los dueños de gatos que conozco odian a los perros. Se ríen de ellos, dicen que son tontos.
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“El perro sabe, pero no sabe que sabe” (Pierre Teilhard de Chardin). "Todo el conocimiento, la totalidad de preguntas y respuestas se encuentran en el perro" (Franz Kafka). "El perro es el único ser que te quiere más que tú mismo” (Fritz Von Unruch). “El perro ha hecho del hombre su Dios, si el perro fuera ateo sería perfecto” (Paul Valéry). El perro es un caballero. Espero llegar a su paraíso, y no al del hombre” (Mark Twain). “En algún lugar bajo la lluvia, siempre habrá un perro abandonado que me impedirá ser feliz” (Aldous Huxley).
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Conclusión: Kafka, como Proust, tiene frases para todo.

Saturday, October 13, 2012

El gesto filosófico de Gilles Pardo o José Luis Deleuze

Desde que en 2005 recibiera el Premio Nacional de Ensayo por La regla del juego, uno de los libros de filosofía más interesantes de los últimos años, José Luis Pardo ha demostrado de manera constante en sus ensayos y artículos —reunidos en los volúmenes Esto no es música (2007), Nunca fue tan hermosa la basura (2010) y Estética de lo peor (2011)— que tiene una habilidad especial para caminar con solvencia por el alambre de funámbulo en el que se mueve la filosofía (siempre al borde del abismo, dada su condición problemática e incluso aporética), sabiendo conjugar la dimensión didáctica del pensamiento con su vertiente más creativa. Enfrentada conscientemente a una pregunta fundamental (“¿cómo escribir un libro de filosofía hoy?”), la obra de Pardo se puede leer —tanto en la forma como en el contenido— como una consecución milagrosa del “más difícil todavía”:
— Escribe con un cuidado estilo literario sin perder profundidad filosófica. A su vez, mantiene el rigor conceptual sin caer en el tecnicismo académico, que suele quedar “inutilizado para la vida” por el abuso del vocabulario especializado.
— Sostiene un diálogo permanente con los principales pensadores de la historia de la filosofía, tanto antiguos como contemporáneos, pero no para quedarse en ellos sino para pensar con ellos y desde ellos los problemas fundamentales que a todos nos incumben.
— Vuelve la mirada hacia el mundo, hacia la sociedad, y busca el enfoque práctico, pero sin caer en esa divulgación mostrenca que tantas veces degenera en manual de autoayuda. Se dirige a un público general, no especializado, pero le exige el esfuerzo y la concentración que son necesarios para adentrarse en las cuestiones filosóficas.
— Suele tomar la literatura y el arte como punto de partida para la reflexión, pero no se queda en mera crítica literaria o comentario de obras artísticas sino que hace fructificar esa lectura estética en un análisis pertinente sobre nuestro tiempo.
— Muestra un evidente interés por la cultura popular, pero elude las posiciones extremas de apocalípticos e integrados. En este sentido, destaca su constante reivindicación de la música pop y, más en concreto, de los Beatles. Seguramente Pardo es el primer filósofo que ha elevado las figuras de Lennon y McCartney a categoría epistemológica.
— Analiza de manera original problemas y conceptos que entrañan gran dificultad, y suele tener a mano un ejemplo aclaratorio o un símil brillante para desatascar las cuestiones más farragosas.
— Es capaz de reinterpretar a los clásicos, empezando por los inevitables Platón y Aristóteles, con una lectura sugerente, iluminadora, un enfoque novedoso, que nos permite comprenderlos mejor y los dota de nueva vida al contacto con el presente.
Todo esto hace de José Luis Pardo, catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, un caso singular en el panorama filosófico español.

Tuesday, October 02, 2012

La satisfacción ferroviaria

"Cojo, como siempre, en la estación de Francia, el tren correo de las primeras horas de la tarde. Esta estación es desordenada e infecta. Hay una larga cola ante la ventanilla. Mucha gente, mucho calor. A veces la brisa del mar, húmeda, nos llena la nariz de la tufarada que exhalan las meadas de los caballos de los coches de punto, de los simones y de los ómnibus que hacen el servicio de la estación. [...]
Finalmente el tren se pone en marcha y como la gente, cosa rara, ha aceptado unánimemente la apertura de las ventanas, pasa un aire agradabilísimo. [...] El viaje es monótono. El tren se para en todas las estaciones. La gente baja y sube. Se oyen los toques de las campanillas. En cada estación el tintineo es diferente. Los pitidos de las máquinas. Mirándolo bien, son una cosa bastante absurda estos pitidos. Ayudan a pasar la tarde. Algo hay que hacer. Leer es muy difícil, el meneo de los vagones hace mover demasiado las letras y se hace difícil entender lo que se lee. Los viajes que hasta ahora he hecho en tren me han hecho comprender que hay una cantidad de gente a la que le gusta, que una vez sentada en los bancos -más bien incómodos- de los vagones les sale a la cara y a todo el cuerpo algo que podríamos llamar la satisfacción ferroviaria".
(Josep Pla, El cuaderno gris)

 

Tuesday, September 18, 2012

Las muchas venecias: imágenes y párrafos

Conviene ir probando distintas variantes de transportes, horarios y accesos de llegada, cerrando los círculos abiertos por la posibilidad: permutaciones de la experiencia en una ciudad solo idéntica a sí misma. Cada tentativa modifica los contornos de la quimera, inaugura sus cimientos y reformula sus acabados. Porque Venecia es un lugar irreal, la representación de un sueño —más que dilatado, antiguo—, el reflejo de una realidad que se esfuma, que siempre está escapándose de entre los dedos. La metáfora más exacta se ofrece sin vacilación al visitante: laberinto de espejismos.
Quizá lo más prudente sería no escribir ya más de Venecia. No ensuciar con más tinta las aguas de sus canales, suficientemente anegados por la literatura. Se ha dicho demasiado ya. Se ha inflado en exceso la Idea, encumbrada hasta el delirio por esnobs, estetas y turistas, a menudo reunidos en la misma persona. Y todos los que llegan, como es natural (“no voy a ser menos”), quieren participar de ese banquete sublime de la Belleza, reconocerse en su excelsitud, como un espejo que —solo por el deseo de compartir su secreto— nos devolviese una imagen mejorada de nosotros mismos. Sería absurdo tratar de dar muerte al hechizo, para qué buscarle las cosquillas al difunto, imposible poner nerviosa a La Serenísima. Por muchas precauciones que tomemos, caeremos sin remedio en las redes de su encanto. El paisaje veneciano, hermético o impúdico o en suspenso, sigue invitando a la celebración.
Para mí Venecia se resume en el lamento de la cuerda de amarre, que se retuerce y cruje, como una tabla de madera, al atracar momentáneamente el vaporetto en los hierros de la estación flotante. Es un instante preñado de eternidad, un instante que lo significa todo. No se necesita más.




Wednesday, August 29, 2012

La imprenta de Aldo Manuzio

Su lema era Festina lente, "aprésurate despacio"; su escudo, un delfín enroscado a un áncora. Aldo Manuzio, el fundador de la imprenta Aldina, el gran editor de los clásicos, revolucionó la tipografía convirtiéndola en una de las bellas artes. Entre otras cosas, inventó la cursiva (bastardilla o itálica) y los octavos (precedentes del libro de bolsillo); al parecer su ayudante Francesco Griffo tuvo bastante que ver en los descubrimientos. 

(Venecia, agosto de 2012)

Monday, July 30, 2012

El cine o la vida

En las películas no hay catarros. Cuando alguien tose es que se va a morir.

Wednesday, July 25, 2012

Sánchez Ferlosio: la prosa anfetamínica de un personaje de carácter

Nació en Roma en 1927, tiene la sintaxis castellana metida hasta los tuétanos y, aunque no cree en la idea de progreso, vive en el barrio de Prosperidad (alguna vez me pareció verlo de lejos, como un Pynchon fantasmal, paseando por López de Hoyos). Pasa de la vida literaria y se limita a escribir desde su cueva. Es el último sacerdote de la palabra. Cualquiera diría que ha jurado los votos de castidad, no-humildad y pobreza sobre las tapas de la Gramática de Nebrija, o mejor aún, sobre la Teoría del lenguaje de Karl Bühler. Un buen día descubrió la hipotaxis, que se convertiría en la anfetamina de su prosa tras la prohibición de la Dexedrina con la llegada de la democracia; al parecer, el castellano está especialmente dotado para estas relaciones sintácticas de subordinación que pueden estimular la argumentación y la caligrafía hasta límites imposibles, como una droga de la escritura.
 

 

Saturday, July 21, 2012

News&Links

Asistir al anuncio del fin del mundo cada mañana, al encender la radio, resulta agotador. Casi mejor que se acabe de una puta vez.
[Adenda: Félix de Azúa nos da la solución: de la miseria a la pobreza]
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Un nuevo blog: Atónito perpetuo.
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La historia de M. Nunca se me hubiese ocurrido la comparación entre Rajoy y Michi Panero. ¿O no es Michi Panero?
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Me leo toda la prensa italiana on line, a ver qué dicen. Y están rendidos a nuestros pies. "Italia nuova, paese vecchio" sentencia Pradelli.
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En el verano, la huida: de repente, la poesía de Lara.
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La ratas y las maulas de AT.
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Rod Stewart: "What becomes of the broken hearted?".

Monday, July 02, 2012

Un libro y una película

Me gusta lo menor, aquello que sin ruidos ni estridencias expresa su pequeña verdad, sencilla e inextinguible, en absoluto pretenciosa, que permanecerá en nuestra memoria para siempre. La imagen momentánea, la palabra sugerente, el detalle puntual. El libro o la película que por casualidad encuentra su lector o espectador en el momento justo (ni un segundo antes ni un minuto después), su destinatario auténtico, una especie de Innombrable, bien entre los estantes atiborrados de una biblioteca pública, bien en el zapping sostenido de una madrugada de insomnio.
El problema, claro está, es que esta experiencia sagrada de lo único es poco comunicable o trasladable. No vale para nadie más (por eso todo canon es una imposición absurda). Incluso para uno mismo resulta imposible repetir aquella sensación primigenia, inaugural. La belleza de lo que se iba creando sobre la marcha ante nuestros ojos, la emoción sin par del descubrimiento. Después ya nada es igual, empezando por el mismo sujeto que mira. Ya se sabe: Heráclito y el río.
Mi problema es peor aún: más que libros lo que me gustan son párrafos; más que películas lo que me gustan son escenas. Así que no hay elección posible.
Viaggio in Italia de Rosselini, con Ingrid Bergman y George Sanders
Es la película más real, más verdadera, más no-película-sin-dejar-de-serlo, que he visto nunca. Es como asistir a un trozo de vida, con todo su misterio, su belleza y su poesía, sin explicaciones ni subrayados. Sólo la realidad desnuda: los estados de ánimo de una pareja, la emoción lírica de los paisajes y los fantasmas del pasado aleteando alrededor.
Empieza con una escena maravillosa, de una simplicidad perfecta, que nos sitúa de golpe en el meollo de la realidad: un matrimonio inglés, sin hijos, viaja en coche hacia el sur de Italia para vender una casa heredada. La conversación está trufada de reproches, silencios y gestos de aburrimiento; vemos la carretera, los árboles, los campos, los coches que se cruzan, un rebaño de vacas; dentro del coche se respira la distancia gélida de la intimidad. Se anticipan de manera sutil los rencores, los celos, el malestar… que irán aflorando durante su estancia en Nápoles, cuando descubran que, a pesar de llevar juntos tantos años, en realidad no se conocen.
Ingrid Bergman se dedicará a visitar las atracciones turísticas de la zona —las estatuas del Museo Arqueológico Nacional, las ruinas de Pompeya, las catacumbas repletas de calaveras— mientras trata de lidiar a duras penas con su melancolía; por su parte, George Sanders rondará la tentación del adulterio en una escapadita a Capri. Lejos de la cotidianidad rampante londinense (esa ecuación espartana inamovible: trabajar-dormir-comer-cagar), desnudos ante el espacio vacío del tiempo libre, los personajes se ven acosados por la desilusión y el tedio, como dos extraños camino de la disolución. El descubrimiento en Pompeya de los cuerpos calcinados de dos amantes unidos en un abrazo es la metáfora más evidente de toda la película, si bien fue resultante, al parecer, de un hallazgo fortuito durante el improvisado rodaje. Ahí los temas eternos: el amor y la muerte.
Una de las muchas escenas inolvidables transcurre en la azotea de la villa, mientras los dos protagonistas toman el sol tumbados en unas hamacas con las montañas volcánicas al fondo: la violencia latente de una conversación de pareja, con la historia del poeta enamorado, supongo que inspirada en el Michael Furey de Los muertos de Joyce. 
El aparente happy end no es tal, sino sólo un último gesto esperanzado de Rossellini ante su declinante historia de amor con Ingrid Bergman. Normal: ante esa diosa todos suplicaríamos de rodillas. Pero ya sabía don Roberto que no había solución.

Un libro y una película: en Jot Down.

Sunday, June 24, 2012

Monday, June 18, 2012

Cádiz (Cái)

Se ven desde la ventana los primeros paseantes y corredores de la mañana. Figuritas humanas que vienen y van por la orilla: sus sombras se alargan hacia el agua, como buscando refresco. También pasan otras, menos, por el paseo marítimo o la arena seca. Tres pescadores sentados en sillitas de tijera han clavado sus cañas donde mueren las olas, dividiendo los márgenes del mar como guías en un programa de diseño gráfico. Hombres vestidos de azul con una franja reflectante recogen las basuras con guantes y las meten en bolsas negras. Cientos de golondrinas, alborotadas, diseccionan el cielo sobre mi cabeza. El camarero del chiringuito coloca las mesas, y el empleado del hotel, las tumbonas. Un barco avanza con tal lentitud que parece un punto estático en el horizonte. El mar, azulísimo, lo mira todo en calma. 
Podría ser la pantalla del mejor canal (sur) posible. Europa se hunde y aquí se está muy bien. 
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Desde la altura se divisa un oleaje de azoteas blancas. Miles de antenas de televisión como flechas retenidas en el aire o lepidópteros que un entomólogo ha atravesado en alfileres. Cádiz es la ciudad en la que la ropa tendida queda más bonita, contoneándose siempre a impulsos de la brisa. Si la ropa tendida tiene bastantes posibilidades de convertirse en una obra de arte, en Cádiz lo suele lograr.
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De camino a El Puerto, pasan por la ventana del tren los distintos paisajes del agua: ríos, mares, lagos, marismas. En travesía marítima a Rota, nos flanquean los barcos de guerra como piezas de Lego.

Friday, June 08, 2012

Grupo salvaje

Antes de dejarnos narcotizar placenteramente por el "bienvenido opio" de la Eurocopa (lo ha clavado Javier Marías en este artículo), cerramos la temporada de clubes con la lectura de Grupo salvaje, de Manuel Jabois. Como pasaba con Una insolencia de Marcos Abal, es un libro pequeñito y genial sobre la infancia, sobre una infancia gallega; más coincidencia aún, sobre una infancia pontevedresa. Aunque esta vez jugamos en casa: el Real Madrid. 
Estoy de acuerdo con Jabois en que el fútbol es "un estado natural de la infancia", una cosa pasional, visceral e irracional que no precisa de tanto intelectualismo filosofístico: "Yo sé que se está empezando a poner de moda el intelectual que se acerca al fútbol como tipo analítico y frío al que le falta tomar apuntes durante el partido con gafas de pasta y diga ejem. Nos quieren arrebatar a los animales el fútbol, quieren que veamos las jugadas con ojos raros, que nos especialicemos en tácticas [...]. El partido de fútbol pienso yo que es la infancia alocada, parcial y furiosa de quien patalea y llora. Ahí uno está defendiendo su parcela de niñez. Es algo muy serio. No hablo de los cabezas rapadas de turno ni de la escoria que mancha la vida a través del fútbol, sino del fútbol que ennoblece la vida haciéndola un poco más primitiva, acaso un poco más sucia y pasional".
Hasta aquí totalmente de acuerdo. Después, cuando descendemos a lo concreto, empiezan las divergencias, los matices. Me parece que mis referencias y gustos futbolísticos no son los mismos que los de Jabois, y ya alguna vez hemos discutido de esto. El madridismo de Jabois, creo yo, está en la línea oficial del socio merengue. Mi madridismo, en cambio, ha sido siempre un madridismo herético, a la contra de la opinión mayoritaria del hombre-masa que abarrota el Bernabéu, que -por decirlo suavemente- no tiene ni puta idea. Tengo la sensación de haberme pasado media vida defendiendo a Guti frente a Raúl. Me recuerdo, como un héroe ridículo, levantándome de mi asiento para aplaudir a Seedorf en mitad de la estruendosa pitada, desafiando al personal en honor de la justicia (poética y no poética). Mi ídolo madridista sigue siendo Zinedine Zidane (en la infancia lo fue Butragueño), el arte blanco en su máximo expresión y perfección, no Juanito ni Hugo Sánchez ni Pepe. Yo a Pepe y a Sergio Ramos los hubiese echado hace mucho tiempo del Madrid, por no llegar al cociente de inteligencia mínimo exigido. La estupidez tiene mucho peligro, y luego pasa lo que pasa. Pero la gente de bufanda al viento los aplaude a rabiar. No se dan cuenta del engaño. Si no estuvimos hace unas semanas en la final de la Champions, fue por culpa de esos dos descerebrados y sus respectivos penaltis: el que uno provocó sin venir a cuento y el que el otro lanzó a las nubes con su "guante" por bota. Fin del inciso/desahogo.
Este Grupo salvaje se lee muy rápido y se te acaba en un suspiro, pero se te quedan grabadas las imágenes y las sensaciones. Lo que más me gusta es cuando cuenta detalles de lugares, momentos y personas: el viaje de la derrota con la olla de cocido en el maletero, el paisanaje del bar peluquería, el niño recepcionista del hostal, la emoción de las retransmisiones por la radio, los gestos de Fan de Higuaín... Y, por supuesto, ese sentido del humor que nunca falla: "Yo soy buena gente. Quiero decir, como Pascual Duarte: no soy malo, señor"; "Te encontrabas con otros chicos de los recados y parábamos todos a jugar con las canicas, nos enseñábamos las bicis o nos quedábamos en silencio media hora uno delante del otro, hasta que alguien decía: 'Marcho, que teño que marchar'"; "El barcelonista, pensé, es un hombre no avisado, alguien a quien no se le dijo nada, como si se le dejase crecer en la ignorancia; un niño al que no informan del día de su nacimiento y se queda sin cumpleaños toda la vida. Yo solo podia sentir compasión"; "Fui un niño mesonero, madridista y muy católico, de los que se atormentaban con el pecado al punto de cometerlos todos, como un Cristo enloquecido". Etc. 
De pequeños mi padre sólo nos llevaba al estadio a mi hermano y a mí cuando jugaba un equipo gallego. Como entonces el Celta y el Deportivo estaban en segunda, tuve la carambola de ver a la Quinta del Buitre en el Castilla, que todavía jugaba sus partidos en el Bernabéu. Sí, Butragueño fue nuestro primer ídolo, inolvidable, aquel mago del área que sacaba palomas de la chistera, visto y no visto, con ese cambio de ritmo tan cruyffiano. El día de su homenaje-despedida, mientras se nos despeñaban por la barbilla las migas del bocadillo de salchichón en las gradas, toda la infancia se nos vino abajo.
"Al fin y al cabo es a las emociones antiguas a las que se les tiene más cariño, como hijos que le acompañan a uno desde niño. Lo sagrado del partido del Madrid permanece quieto como el primer dia; como si, desde el primer partido, el Madrid solo hubiera jugado un primer partido tras otro. Y ese regreso perpetuo a lo que fuimos es un milagro en la medida en que uno siempre, pase lo que pase, es del Madrid como la primera vez". Amén.

Saturday, June 02, 2012

Palomas muertas, la vida de Johnson

Desde que ha empezado el calor asfixiante, aparte de pudrirme un poco -por fuera y por dentro-, no he dejado de ver palomas muertas por las calles de Madrid: junto a los árboles, en las aceras, aplastadas contra la calzada (planchas de papel, como en los dibujos animados). Algunas mueren de infarto de miocardio, como la que vi el otro día junto al Gran Hotel Conde-Duque: del pico le salía un reguero seco sangre que descendía unos centímetros por las junturas del empedrado. Otras se dejan atropellar entre las ruedas de los coches por el atontamiento causado por el calor. Otras se suicidan desde las ramas porque no tienen fuerzas ni para desplegar las alas.
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Todos los días leo unos párrafos de The Life of Samuel Johnson de James Boswell que me compré hace un mes en Charing Cross, en una edición completa y prologada (o sea, un tocho) por cuatro libras. No pensé que fuera a disfrutarlo tanto. Lo había intentado alguna vez en español, cogiendo de la biblioteca la traducción de Acantilado, y no pasé de las primeras páginas. Me aburría. La clave está en el idioma. Es más que una maravilla, la prosa, la(s) inteligencia(s) que se trasluce(n). No sólo es disfrutar la lectura, que por supuesto, sino también transportarse a otro lugar, a otra época, a un idioma que suena a gloria. Estoy saboreando cada palabra, cada frase. A sorbitos. Sé que me quedan meses por delante, pero no quiero que se me acabe nunca.
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Antonio Alcántara se ha convertido en una singularidad cuántica. Podría ser un título de novela.
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Un recuerdo de la infancia. A veces llegaba el olor a laca desde el fondo del pasillo y entonces aparecía mi madre con el pelo ahuecado, como una Dama de Elche.

Tuesday, May 29, 2012

O Dreamland (1953)

Los cambios tiempan

"Lo único que habría que averiguar es hasta qué punto es cierto que los tiempos cambian o no es más cierto que los cambios tiempan".
(Rafael Sánchez Ferlosio, El País, vía Mabalot)

Monday, May 21, 2012

Los Panero, un fin de raza literario (y II)

Empieza El desencanto con la inauguración en Astorga en 1974 de la estatua en homenaje a Leopoldo Panero. Suena la trompetería psicodélica, descacharrada, de una banda municipal, entre la marcha militar y el desafine místico de los pasos de Semana Santa. Asisten al evento las fuerzas vivas del lugar y la ciudadanía en pleno, que se agolpa tras las vallas. Entre el respetable se atisban niquis exiguos, patillas, pantalones de campana y gafas oscuras como de torturador pinochetista, que diría Savater. La moda inefable de los setenta. 


 

Sunday, May 13, 2012

El sillón K mayúscula

Discurso de entrada en la RAE de Miguel Mihura, elegido para ocupar el sillón K mayúscula:
"Soy un escritor que ha vivido mucho en la calle, en las barras de los bares y en los cafés. Pero sin tertulias. A mi aire. A pecho descubierto. Prefiero conocer al pueblo sencillo, a los hombres, a las mujeres de toda condición social y escuchar sus problemas, antes de perder el tiempo charlando con un señor que a lo mejor me suelta una palabra en latín y me habla de humanidades. Siempre he rehuído integrarme en un grupo de escritores, sea cual fuese. Se habla siempre de una literatura de compromiso y el que no se compromete a nada, el hombre libre, está considerado como sospechoso o como cobarde. En muchos años de vida literaria no he encontrado una sola camarilla que de cualquier modo fuese gratuita. No. Para entrar en ella hacía falta renunciar a su propia personalidad y a sus convicciones. Por otra parte ante un hombre o una mujer me siento cómodo. Nadie particularmente me es extraño. Pero en cuanto estos hombres y mujeres forma un grupo me entra un miedo tremendo. Detesto los grupos y las camarillas. (...)
Soy un hombre sencillo que solo conoce su oficio. El de creador, el de inventor de personajes, el de humorista. Una palabra importante hace años que ha ido degenerando hasta convertirse en vulgar y al alcance de todas las fortunas. La definición de humorista, que aún no está muy clara, ha ido perdiendo valor y prestigio. Hoy se les llama humoristas a esos cómicos de teatro y salas de fiesta que dicen chistes de actuación y hacen imitaciones. Esto es lo que antes llamábamos caricatos o excéntricos. Yo no tengo nada contra ellos. Admiro a algunos pero se han apropiado de una definición que no les corresponde. El humorismo es otra cosa y trataré de definirlo a lo largo de este discurso en el que he decidido hablar un poco de mí, de mis ideas, de mis experiencias, de mi manera de ser y de pensar. Del humorismo, del teatro, de la inspiración, de la vejez. De todo un poco y sin un orden previamente establecido. Será como un cajón de sastre en el que todo tendrá cabida."
Nunca llegó a pronunciarlo, pues falleció poco antes de la fecha en que estaba programado el evento.

Thursday, May 03, 2012

Think, it`s not illegal yet!

(Londres, 28 abril - 1 mayo 2012)

Sunday, April 22, 2012

Retrato del niño con el fútbol al fondo

Este libro es como Messi: pequeñito y genial. Zigzaguea por el tiempo Marcos Abal con su prosa pegada a la bota y va llevando al lector hacia la portería (que en este caso es el corazón de la vida: la infancia) esquivando contrincantes con una facilidad pasmosa. Llevamos tantos años disfrutando de su escritura que puede parecer una cosa fácil, sencilla, natural, como los regates y remates de Messi, pero si casi nadie consigue igualarlos por algo será. Respecto al estilo de este libro ya lo ha dicho todo Antonio Castellote aquí, y mucho mejor de lo que podría decirlo yo. Ha hecho una crónica tan buena que se me han quitado las fuerzas para intentar la mía. Qué decir ahora.
Hace tiempo que le comentaba a Marcos que tenía que escribir la novela de la infancia, y él ya lo sabía (no era descubrimiento ni novedad). Todos los textos y relatos que le he leído protagonizados por el niño boquiabierto, ese que somos todos, son una maravilla. Esa mirada entre cruda y nostálgica, emocionante, desinhibida, originaria, verdadera. Pues bien: Una insolencia es el relato largo inaugural, el prolegómeno. Le queda mucho por escribir de esa etapa que lo determina todo. Insistimos: ¡queremos la novela larga!
En estas páginas tenemos al niño de Pontevedra que va al fútbol con su padre. Lo vemos en el antiguo Pasarón, vestido de domingo raspándose las rodillas, rodeado por el humo de los puros y los gritos y las gabardinas beis de los señores calvos que se estiran a coger el balón. Hay que roelo. El niño escuchimizado (“gusano vestido con unas cortinas”) que juega al fútbol sin mucho convencimiento y que a veces se hace pisar en el área para conseguir un penalti. El hijo del madridista que se hace del Barça, quizás por llevar la contraria o porque prefiere la melancolía a la euforia (era otra época). Su “barcelonismo en la lejanía”, su barcelonismo de gallego, lo aleja del fanatismo. El Barcelona del Cruyff entrenador, el Dream Team, nos pilló en la adolescencia pero en bandos rivales, cada uno gestando sus mitologías (por cierto, que yo estaba convencido de que éramos del mismo año y resulta que me saca dos). El retrato de Romario, por ejemplo, ocupa tres páginas antológicas: “Lo suyo es un cumplir con su habilidad entre siesta y siesta. Cómo meter goles increíbles sin hacer de futbolista, o cómo meter goles y ser más rápido sin moverse. Apenas un toque, una vaselina, el portero estafado, no ha tenido ni que tirarse, nadie lo suyo, y él celebra el gol con pausa, sin muchas ganas de hacer el papelón también ahí”. Pese a los colores, yo también disfruté viendo jugar a Stoichkov, Laudrup, Romario... Creo que de algún modo ya sabía que Laudrup acabaría de blanco. Era su color.
Hay que tener en cuenta que el tema que estamos tratando es muy sensible: el fútbol. Ni siquiera la política es un asunto tan espinoso, tan visceral. Que un madridista como yo sea capaz de leerse varias veces un libro sobre el Barça de un barcelonista y que no me salgan sarpullidos a cada elogio azulgrana, es desde luego un milagro. Es el milagro de la calidad literaria, el goce supremo de una prosa. Si no, sería imposible. Aunque el libro esté alejado de cualquier forofismo exacerbado, el lector no puede evitar que le salte el tifosi descerebrado que lleva dentro. Por ejemplo, hoy estoy escribiendo esto y no puedo dejar de pensar en el 1-2 de ayer en el Camp Nou: el achacoso Napoleón blanco derrotando en su feudo a la supuesta máquina perfecta, sublime, de Messi y compañía (la mejor de la historia, dicen). Y pienso: es que son tan buenos, lo tienen tan asumido, que ya no se tienen que molestar en jugar. Antes de pasar ya lo contaron los telediarios. La realidad es que les quitas a Messi (el mejor, sí, del mundo) y se quedan en casi nada. Es el forofo que acecha dentro y que salta a la mínima. Porque todos sabemos que Guardiola —la autoseriedad personificada, el hijo adoptivo de los periodistas— es un gran hipócrita, de los mayores de la historia del fútbol. A poco que uno se descuide, salta el fanático; no se puede evitar. Perdón.
Pero olvidemos el fútbol, que a nadie le importa. Aquí está el adolescente pajillero que reza a Dios para vivir a refugio en las tetas de Patricia, su compañera de clase. Aquí está la madre que corta cebolla mientras el joven lee en la cocina y piensa en el futuro incierto. El partido del clásico visto en el bar, las gafas empañadas, los copos de nieve cayendo al salir, la visita a San Mamés. En esas breves imágenes la vida respira con toda su emoción. Alta literatura.
Querríamos que esas páginas se multiplicaran indefinidamente, que no acabaran nunca. Poder seguir leyéndolas todo el día, hasta que nos llamen a cenar.

Saturday, April 21, 2012

Londres por Claude Friese-Greene

Entre 1924 y 1926 Claude Friese-Greene recorrió Gran Bretaña y filmó un documental titulado The Open Road. Utilizó el sistema de filmación Biocolour, creado por su padre William.
Me encantan las secuencias londinenses, sobre todo por el color de las imagenes.

Tuesday, April 17, 2012

En camino

Para mí es un momento muy importante. Estoy deseando que me llegue el libro al buzón. Ya queda poco, muy poco. Cuestión de horas. Marcos Abal, nuestro Mabalot, publica su primer libro. Llevo años diciendo aquí que es el mejor escritor de su generación y ahora espero que lo pueda comprobar todo el mundo.
El libro va de fútbol, así que no tenéis excusa. Bueno, más que de fútbol va de la vida. De la infancia. El fútbol es sólo la excusa. Lo leí hace meses en formato Word y es una maravilla, pero no hablaré hasta que lo lea como libro.
Se llama, con título muy thomasbernhardiano, Una insolencia. Esta la portada:

Monday, April 16, 2012

La flauta, el carro o la ronquera

Empieza la música aunque no diga nada la letra. Empiézala. No importa. Hay que coger la flauta y hacerla sonar, hay que coger el teclado y declinar las palabras, una tras otra, como si fuese un tren descarrilado (descarriado, férreo, ferroviario, pero con su música), o echar el carro por el pedregal, como decía Azorín. Azorín, ¿acaso tiene música Azorín, aparte de la de su pseudónimo? La música es más bien de Valle-Inclán. Esa música encantada de sí misma que se enrosca en volutas de humo de veguero mentolado y que embelesa las almas llevándolas al borde del precipicio o del Edén. Qué gran músico (hameliniano), don Valle, san Ramón, marqués del Inclán. Y Baroja, el otro de la Gran Terna, la terna que va quedando después de tanta hojarasca mojada (mojada como la pólvora de su letra, sin música o con ella), Baroja, digo, ¿qué música tiene, aparte de la ronquera de su voz (siempre ruda, austera, a veces exacerbada, colérica)? La flauta, el carro o la ronquera. O una mezcla de las tres: el 98.

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"El estilo era un punzoncito con el que se escribía en las tablas recubiertas de cera. Y yo, claro está que no tengo ese punzón. El estilo es una entelequia; se habla de estilo cuando no se tiene estilo y entre quienes no saben lo que es escribir. Si quieres que te dé una definición de estilo te diré lo siguiente: Tener estilo es no tener estilo. Cuando se lee a alguien que de veras tiene estilo y se cierra el libro, no se sabe cómo ha escrito el autor de la prosa que acabamos de leer. No sabemos tampoco del olor y del sabor del agua cristalina que hemos bebido en una fontana. Si lo supiéramos, ya esa agua no sería límpida. Algo habría en ella ajeno a su transparencia y a su insipidez". (Azorín, Memorias inmemoriales)

Y sin embargo... suele haber en Azorín una determinada selección de palabras que flotan en el vaso de su prosa como manchitas o motas que rompen la magia de la insipidez, de la transparencia.